ESTAMPAS DEL RÍO Y DE LAS ISLAS - Jorge Wernly - III: La Porota.
ESTAMPAS DEL RÍO Y DE LAS ISLAS
Impresiones recogidas y vividas a lo largo de nuestro
LA POROTA
Todo empezó con una chispa. Una chispa que saltó del horno de la panadería y que el viento arrastró hasta la pila de leña en el fondo del patio...
Al principio no pasó nada, todo se redujo a un pequeño humito que ni Don Bartolo, el dueño, ni Rosendo, su Único empleado, llegaron a notar. Asi que, terminadas sus tareas cerraron todo, bajaron las persianas y cada uno a su casa.
... Pero poco a poco el fuego fue tomando incremento y menos de una hora después ya era una Inmensa hoguera que lo devoraba todo. Y alcanzó al galponcito trasero y enseguida a la propia casa, modesta casa de panadería de barrio.
Cuando llegaron los bomberos todo lo que quedaba era un montoncito de restos humeantes. Don Bartolo quedó en la ruina y Rosendo quedó en la calle.
Y a partir de allí comenzó ese interminable peregrinaje en busca de un nuevo trabajo.
Pero en todas partes chocaba con ese fatídico cartelito de "No hay vacantes" o con la lacónica respuesta "No. Ya hemos tomado".
Eran épocas malas aquéllas. Muchas fábricas cerraban y las que no, reducían su personal. Eran muchos los que andaban por las calles, como Rosendo, con la hoja de avisos clasificados de El Litoral debajo del brazo.
En su pequeña casita de Barrio Centenario, más allá de la cancha de Colón, se estaban acabando todas las reservas.
Hasta que un día, fue la Porota, su fiel compañera de los buenos y los malos tiempos, quien aventuró una solución: " si nos fuéramos a la isla?..."
"A la isla!", exclamó él sorprendido, "Si yo nunca he salido del empedrado de la ciudad!... Si jamás he pescado ni una mojarrita!..."
"Pero yo sí." Institió ella. "Yo nací y me crié en la Isla. Yo toda mi vida lo vi a mi padre pescando... Y muchos años lo ayudé. Yo conozco todo eso y te lo puedo enseñar".
Y la Idea fue hincándose en la mente de Rodendo y terminó por aceptarla. Por otra parte, que otra salida le quedaba!... "Pues, iremos a la Isla".
A partir de allí todo fue febril actividad. La angustía de esos días, la amargura de su Impotencia, se troco de golpe en un rayito de esperanza. Ahora tenían un objetivo concreto, una meta que alcanzar,
Juntaron las pocas monedas que les quedaban y vendieron todo lo poco que tenían: la cama, su linda cama de fierro, la mesa y las cuatro sillas, la cocinita de kerosene, la bicicleta. Y reunieron unos pesos con lo que compraron lo indispensable: la provista para un mes, yerba, harina, sal y aceite; los útiles elementales, un cuchillo, una pala, un hacha y unos cartuchos. Un tío les prestó una escopeta y les alquiló la canoa...
Pero faltaba lo más importante, las herramientas para la pesca. En la ferretería del vasco Egusquiza compraron alambre, piolín y anzuelos... Pero la plata que tenían ya se les terminaba y todo lo comprado no alcanzaba más que para armar dos espineles... "Pero nosotros precisamos tres" dijo la Porota. "Y porqué tres? Si no tenemos más que para dos, trabajaremos con dos", dijo él.
"No. Tienen que ser tres. Mi padre siempre decía que lo que se saca en dos espineles sólo alcanza para vivir. Lo que se pesca en el tercero es ganancia limpia. Precisamos tres".
Pero ya no quedaba más dinero... Y en lo del vasco Egusquiza no se fiaba un cobre a nadie.
Entonces ella, con los ojos empañados por las lágrimas sintiendo como si le desgarraran las entrañas, se sacó con sus propias manos, primero uno y después el otro, ese par de hermosos aros de oro, como de gitana, que desde niña pondían de sus orejas.
...Habían sido de su madre, eran su único tesoro. Y los depositó suavemene el la mano ruda y temblorosa de Rosendo. Los empeñaron en un sórdido negocio de la calle Veinticinco. Cuando salieron de allí con un puñadito de billetes apretados fuerte, muy fuerte, contra su pecho, ella no se animó a mirar para atrás... Sobre el sucio mostrador brillaban dos aros de oro...
Pero compraron más alambre, más anzuelos y todo lo necesario para el tercer espinel. Y hasta sobró para un poco de tabaco y una botella de ginebra... "La tendremos que mezquinar. La tomaremos solo cuando el frío muerda muy fuerte..."
-о-
Salieron de Puerto Piojo poco después de media noche, tiritando de frío, con la canoa cargada con todos sus enseres.
Al cabo de media hora de darle y darle a los remos, ya el frío no fue problema. No había luna, pero en ese primer tramo a lo largo del Canal de Acceso no la precisaban. La doble hilera de boyas con sus luces blancas y rojas, les iban señalando el rumbo a lo largo de esa interminable monotonía rectilínea del canal, Y repechando la correntada.....
Cada tanto se turnaban, y la Porota compensaba su relativa debilidad con un más hábil manejo de los remos... y la canoa avanzaba sin prisa pero sin pausa rumbo a la Cruz del Sur que refulgía en ese cielo frío y negro del otoño.
Parecía que hacía un siglo que remaban sin parar cuando pasaron la casilla del semáforo en la boca del canal.
Ya en el Tramo Exterior ella le enseñó a "remansiar", aprovechando cada remolino en la parte en que gira contra la corriente, para, en el momento oportuno, desprenderse del remanso con un vigoroso golpe de remos y tomar tangencialmente el siguiente en el punto adecuado. Así aceleraron sensiblemente su marcha contra corriente.
Ya había amanecido cuando pasaron junto a la Boya 585 en pleno Colastiné. A partir de allí todo era aguas abajo. La poderosa corriente del río los arrastraba más rápido de lo que habían avanzado hasta allí a fuerza de brazos y sudor. Ahora les bastaba un simple golpe de pala, cada tanto, tan solo para mantener la dirección.
Y llegaron a la Boya Payaso. Y tomaron por el Paraná Viejo siguiendo siempre rumbo al Sur. El sol ya estaba alto y castigaba sin piedad. Ese día no comieron más que un poco de galletas y algunos tragos de agua que recogían del río con el jarro de latón.
A media tarde ya habían dejado atrás El Grillo y desfilaron hacia la costa de la Isla del Palmar, para atracar Justo junto a la boca de un arroyo. Ese era el sitio elegido de antemano.
Porque el tío de Porota que les alquiló la canoa, los había presentado a Don Ramón Barbataglia, el acopiador. Y este había aceptado incluírlos en el recorrido de su lancha y hasta les señaló el lugar donde debían asentarse. Un sitio muy pesquero y donde todavía no tenía establecido ninguno de sus hombres...
Muertos de cansancio, apenas alcanzaron a aprovechar el último rato de luz para asegurar la canoa, descargar sus equipajes, limpiar un poco el lugar, hacer un fuego y con unas pocas ramas improvisar un "bendito" bajo el cual se desplomaron exhaustos para pasarsı primera по- che de isla...
Poco después, allá por el oriente asomó una pequeña luna nueva, con una estrella en su comba... Pero ellos no la vieron. Estaban profundamente dormidos con sus cuerpos estrechamente abrazados...
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Con las primeras luces del alba empezaron a preparar sus herramientas... Y estuvieron prácticamente todo el día midiendo y cortando alambre, armando las brazoladas consiguiendo carnada y encarnado, estudiando el mejor sitio para cada espinel, y emplazando cada uno en su sitio.
Y a partir de allí el trabajo ya no se interrumpió.. No es menuda tarea atender debidamente tres espineles a un tiempo: no terminaban de recorrer, cobrar las piezas que iban logrando, reponer los anzuelos perdidos y volver a encarnar el último de los espineles, cuando ya tenían que reiniciar idéntica faena con el primero...
Prácticamente trabajaban toda la noche y de día aprovechaban para dormir un poco y comenzar la tarea de construir un rancho un rancho como la gente. Apenas avancen avancen un poco más los fríos, va a ser imposible sobrevivir en el "bendito"...
Cada semana llegaba la Antonina, la lancha acopiad0ra de Don Ramón. Pero no venía Don Ramón, tan solo Dionicio, el encargado, que recibía el pescado y les entregaba la provista que le habían encargado.
Y anotaba. En una libretita los kilos recibidos y otra, tan sucia y maltrecha como la primera, la mercadería entregada.... Y con un simple "Hasta la vuelta!...." seguía su recorrido por ríos y riachos rumbo al puesto siguiente.
"Lo que me tiene preocupado", decía Rosendo, "es que nunca se si este tiño anota más en la libreta del pescado o en la de la provista..." "A ver si a la final, después de trabajar como burros, le quedamos debiendo plata"
Una noche, en que rendidos de cansancio descansaban un momento entre una recorrida y otra, acurrucados junto al fuego al reparo del "bendito" que apenas atenuaba un poco las ráfagas heladas del Sur, Rosendo se quejaba: "Que no- che interminable..."
"No, camba", le respondía ella, que lo llamaba así cuando quería decirle cuanto lo quería. "No vas que ya todos los bichos de la noche se han callado?... No oyes el silencio que precede al aclarar?... Bien pronto empezarán a cantar los pájaros de la mañana..."
"Pero no es solo esta noche", Insistía él, "toda esta vida de perros que estamos llevando es una sola noche que no termina nunca". Y la Porota siempre tenía la respuesta justa y simple para sus pesares: "Mi padre solía decir", le contestaba, "que no hay noche tan larga que no termine ante la luz de un nuevo día...
-o-
Al cabo de un mes llegó don Ramón. Tomo las libretas que le paso el Dionicio, dumó una y otra ante la mirada ansiosa de Rosendo. Después restó y sacando su petaca de cuero se puso a contar algún dinero que entregó a Rosendo diciéndole "Tomá muchacho. Es tuyo. Te los has ganado en buena ley".
Y con un "Buena suerte y hasta el mes que viene ..." saltó a la lancha y partió con el mismo carraspear de viejo motor con que había llegado.
Y allí quedaron ellos. En su emoción no se habían animado a contar ese puñadito de billetes... pero habían alcanzado a ver que varios de ellos eran de esos que atrás tenían pintada una fragata... Y en ese tempo con "una fragata" se compraban muchas cosas!
Hicieron un rollito bien apretado con todo el dinero y lo guardaron en el fondo de un tarro.
Desde entonces Rosendo cobró nuevos bríos y nuevas esperanzas... Terminó su rancho y hasta se dió maña para hacer una mesa y dos banquitos.
Todos los meses llegaba don Ramón y todos los meses metían otro bollito de billetes en el tarro.
Los días comenzaban a alargarse, los días fríos disminuían, los árboles reverdecían y la isla comenzó a salpicarse de colores: el rojo de las flor del ceibo, el amarillo de la cinacina, el azul de las campanillas silvestres....
Ese mes, cuando llegó don Ramón, Rosendo le pidió que lo acercara a Santa Fe. Llevaba todo el dinero en una bolsita de lienzo y su canoa a remolque para volver después a remo a favor de la corriente.
Porota se quedó en el rancho. Ella atendería todo el trabajo durante los tres días que duraría la ausencia de su compañero.
Pero cuando la lancha se perdió tras el primer recodo del río y quedó sola, completamente sola en medio de la soledad sin límites de las islas, se desmoronó todo el coraje que acostumbraba a infundirle al Rosendo... y tuvo miedo. Miedo a los ruidos del monte y del río. Miedo al viento y a la noche.
Pero en medio del trajín de sus tareas los tres días pasaron en un suspiro... Y una tarde, una hermosa tarde de primavera, vió llegar la canoa de Rosendo.
"Cambá! Mi cambacito!..." gritó ella y se metió el el agua a ayudarlo a atracar... Y él en su euforia quería contarle todo y mostrarle todos los tesoros que traía.
Había comprado un elástico y un colchón, las patas las haría él con madera de un ingá. Había comprado pilchas nuevas para ella y para él. Y un farol, y una linterna de esas con pilas eléctricas.
Y traía a remolque una minúscula canoíta carpinchera con la que se metería el los mas recónditos rincones del bañado... Y un manojo bien grandes de trampas. Trampas para nutrias.
Los ojos de la Porota brillaban de emoción vislumbrando ya las nuevas posibilidades que tendrían y contemplando todas esas maravillas, cuando él como al descuido , y con una chispa de picardía en los ojos, le dijo: "... Y también te traje esto..."
Y sobre su mano extendida, áspera y encallecida en el trabajo rudo de la isla, brillaron dos aros de oro... como de gitana...
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