ESTAMPAS DEL RIO Y DE LAS ISLAS - Jorge E. Wernly - Capitulo I: El Patrón del Vagabond.
Revisando cosas de mi casa paterna me encontré con un libro escrito en una maquina de escribir dedicado a mi padre y dice:
A Chiche Castillo, el infatigable compañero de muchas de estas aventuras, con todo el cariño de Dorita y Jorge. Esperanza, Octubre de 1977.
El escrito pertenece al doctor Jorge E. Wernly quien fuera socio del YCSF en la década del 70 y propietario en un barco emblemático desde los primeros tiempos del club, el Vagabond.
Jorge, de profesión medico y cuya pasión fuera la aviación un día, junto a su señora Dorita, decidieron incursionar en el arte de navegar y volcaron su entusiasmo en recorrer el rio y sus islas. Dotado de una sensibilidad especial, en sus experiencias como iniciado en la actividades náuticas capto cosas que a muchos de los que vivimos la navegación, el rio y su entorno nos pasan desapercibidas. Esas experiencias y o vivencias las escribió de una amanera tan sencilla que son dignas de ser compartidas tal como Jorge las escribió: ´Impresiones recogidas y vividas a lo largo de nuestro deambular por las islas entre 1973 y 1977.´
El matrimonio desarrollo una franca amistad con mi padre y solían salir juntos a disfrutar la naturaleza de nuestro valle fluvial asociando el entusiasmo de ellos con la experiencia del Chiche.
El escrito no lo dice, pero el doctor Wernly llevaba en su barco su maletín profesional y medicamentos para atender a familias isleñas con las cuales había entablado una desinteresada amistad.
Foto: El Vagabond saludando a la corbeta ARA Uruguay en la visita a la ciudad de Santa Fe en septiembre de 1978. Permaneció amarrada en el puerto de Santa fe durante dos semanas.
ESTAMPAS DEL RÍO Y DE LAS ISLAS
escudriñar en sus caracteres; un hábil delinear las situaciones límite a que el destino los
exponía y una correcta ambientación en el marco de ríos y de islas en que se los ubicaba... En una palabra, una verdadera joya de nuestra literatura lugareña.
Me gusta leer todo lo vinculado al río y sus islas porque conozco esta zona de nuestro
Paraná.
En estos últimos cuatro años, con Dorita, hemos tenido oportunidad de hacer más de ochenta excursiones por las islas. Algunas de seis, ocho y aún diez días de duración.
Pero nuestra visión de ese ambiente y de sus pobladores, no siempre coincide con la de otros autores-
Por eso es que me propuse hacer mi propio enfoque del problema mostrando como vimos nosotros a nuestras islas.
Se trata de modestas estampas, no puedo pretender llamarlas cuentos. Se que carecen de mayores méritos literarios, son simples apuntes de principiante. Y no pretendo tampoco que sean la verdad acerca de la isla y que las otras no lo sean.
No. Yo creo que puede haber muchas verdades sobre un mismo tema.
Y quizás la verdadera visión de la isla no sea ni esta ni aquella, sino otra distinta que nadie ha llegado a captar todavía en su polifacética dimensión.
Por eso lo único que pretendo con estas páginas es mostrar como yo veo y siento la isla, el rio y su gente.
Uds. dirán si lo he logrado.
Firmado por Jorge Wernly - Esperanza, Julio de 1977.
Decían que sus antepasados eran de Suiza, pero al verlo erguido en la proa de su barco oteando el horizonte, mas que en un labriego suizo hacía pensar en un navegante escandinavo.
Pero estaba íntimamente identificado con el río y las islas, con su gente y sus bichos.
Tenia un nombre extravagante que no viene al caso, lleno de letras difíciles y raras: la doble ve, la i griega, y que se yo... Los isleños nunca pudieron ni intentaron pronunciarlo... Pero caray, pensaron, de donde pudo sacar semejante nombre si toda la gente que se conoce se llama Pereyra, o Zamora, o Navarro o Bermúdez.
... Pero él quería al río. Lo llevaba en el alma y lo amaba como solo amaba a su mujer.
Porque tenía una compañera que lo seguía y lo completaba a la perfección. Tenia su mismo entrañable amor a la naturaleza, a la vida primitiva pero pura y noble que florece lejos de la selva de cemento, entre los arroyos y las islas como florece el camalote en medio del bañado.
Tenía también todas las virtudes que a él le faltaban.
Y así, superponiendo algunas facetas y contraponiendo otras habían logrado integrarse, amalgamarse con la suave armonía del velero al deslizarse por el río cortando con su proa el vaivén de las aguas.
El solía decirle "Chirusa... ¿sabes que to-da-vía te quiero?..." Nunca le había jurado amor eterno, pero este todavía te quiero, repetido desde el fondo del corazón al cabo de treinta años de compartir el pan y el lecho, adquiría una solidez y una magnitud indescriptible... Y ella con sus ojillos brillantes le contestaba: " Porque sos un sonso..."
Ella sí que había nacido a orillas del rio, ese mismo río que ahora surcaban suavemente con viento de través que escoraba brevemente el barco.
Pero mucho mas al sur. Su cuna eran las barrancas del Rosario. Allí se crio mirando pasar el río de aguas marrones y sumergiéndose en ellas en las tardes de estío.
Nadaba como un pez y su cuerpo bronceado de mujer adolescente surco muchas veces esas aguas en una u otra dirección ... Para ella no era un problema cruzar a nado desde la isla a la ciudad que elevaba su silueta de chimeneas y campanarios sobre el perfil de la barranca. Muchas veces nadó a lo largo de esas costas, pasando junto a enormes ultramarinos que arribaban a esos melles a llenar de granos sus bodegas insaciables, hasta llegar allá lejos, donde ya había terminado la ciudad, a la boca del arrollo saladillo.
Cuando él la conoció en aquellos pagos, salían a navegar juntos. Entonces no podían ni soñar en tener un barco como el que ahora los llevaba por el río. Pero a remo, con las fuerzas de sus propios brazos, remontaban la corriente de las aguas color de león, y llegaban hasta el Saco, o el Puntazo o el Canal de la Invernada.
Hoy, me dicen, el Saco se ha cerrado. Ya no existe el Puntazo. Y la invernada es tan playo que ya casi no se lo puede navegar.
Pero ellos siguen navegando juntos, cara al viento, por otros brazos y riachos del mismo Paraná.
Ella había aprendido de su padre todos los misterios de la pesca (aún deben estar el algún viejo arcón las "herramientas" de su padre). Sabia como encarnar para tentar al poderoso surubí, sabía qué anzuelo se debía usar para pescar el delicado pejerrey.
... Pero no pescaba nunca. No pescaba por temor de lastimar la boca de esas criaturas de Dios... No pescaba por que no podía tolerar la desesperada sed de oxigeno que traducen esas agallas abiertas espasmódicamente de los peces que agonizan fuera del agua... No pescaba porque sus sentidos se revelaban contra la sola idea de matar a cualquier ser viviente.
Como aquella vez que iban caminando juntos por el monte en las márgenes del Tirapatras. El sendero se alejaba del río internándose cada vez más en el corazón del monte.
Caminaban bajo los arboles que se juntaban sobre sus cabezas formando un techo verde y ondulante, tibio, sensual, en medio de un silencio cortado a ratos por los trinos de una calandria...
Cuando de pronto, un par de pasos más adelante, apareció el cuerpo escamoso de una enorme víbora de mas de metro y medio de largo, que alzando la cabeza emitió un "ahhg" gutural y amenazante.
El levanto instintivamente la estaca que llevaba a manera de bastón y como única arma, para descargarla despiadadamente sobre la cabeza del animal, cuando un grito angustiado de ella detuvo su movimiento en el aire. No!... Pobrecita!... no ves que es una curiyú?
Bajó lentamente el bastón y se quedaron quietos. Muy quietos y muy juntos. Hasta que la víbora viendo que no la molestaban se alejó hacia un costado y se perdió en la hojarasca.
Así era ella. Y así la quería él. Y siguieron la marcha bordeando el cauce seco de un arroyuelo hasta llegar al borde de una laguna. Las Victorias Regias en flor rubricaban la belleza salvaje y virginal de un paisaje agreste y subyugante.
Pero en el momento de emprender el regreso, ella propuso volver por otro camino. No quiso confesar que la víbora la había asustado... "Para no molestarla, nomás..."
Al fin y al cabo que culpa tenía la víbora. Porque habría de pagar con su vida la estupidez de su miedo?
Pero por el otro camino tuvieron que describir una amplia curva para contornear un pequeño bañado que se interponía a su paso... y luego de mucho andar se encontraron de nuevo a orillas de la hermosa laguna de las victorias regias... pero en un punto distinto.
Reemprendiron la marcha, serpenteando en le bosque a lo largo de estrechos senderos que se bifurcaban una y mil veces con rumbos diferentes.
Hasta que tuvieron que reconocer que estaban perdidos.
Perdidos en medio del bosque de la isla. El sol se había ocultado tras un velo de nubes. El viento no llegaba a penetrar entre el follaje... Estaban perdidos.
De pronto ella dijo, "Quizás la Diana..." La Diana, la vieja perrita, mascota del barco que los acompañaba en todas las aventuras, podría encontrar con su instinto el camino hacia el Vagabond.
La soltaron. Pero la Diana, luego de olfatear el aire, tomo un rumbo descabellado... No! dijo él, Por allí es el único lugar que no puede ser!...
Bueno. En medio del monte cualquier rumbo, el más insólito, puede o no puede ser... Pero él no le creyó. Llamó a la perra y partieron hacia donde él creía que debía ser.
Y caminaron y caminaron, y el monte seguía presentándoles sus mil facetas distintas. Y contornearon hermosas lagunitas. Y vadearon pequeños arroyos. Y sortearon grandes troncos caídos en medio del camino. Y descansaron brevemente en un claro tapizado de césped... Una opresión en el estomago transformaba en un malestar realmente físico la sensación puramente psíquica de sentirse perdidos...
Pero siguieron andando. Siguieron andando hasta que por fin, al apartar una rama de sauce vieron allí nomas, a un paso de ellos, el río... El Tirapatras.
Pero el Vagabond no estaba allí. Estará aguas abajo o aguas arriba? Con que rumbo habría que empezar a costear?
Era muy simple, tomarían cualquiera de las dos direcciones, y si al cabo de un tiempo prudencial de marcha no llegaban al barco, desandarían sobre sus pasos, siempre bordeando el río y explorarían en la otra dirección.
... Pero cuánto es "un tiempo prudencial de marcha"?...
Si retroceden antes de lo debido?... Si el barco hubiera estado en esa primera dirección, pero un poco mas adelante?
Una profunda desazón les amargó la sensación de triunfo de haber llegado al río. Seguían tan perdidos como en medio del bosque... Y la tarde tocaba ya a su fin.
De pronto el característico pop pop pop de un motor Villa los llenó de alegría... Unos instantes después apareció en el recodo del río una canoa isleña con tres hombres a bordo.
El se asomó al borde de la barranca que se alzaba un par de metros sobre las aguas y como queriendo destacarse entre los árboles que lo rodeaban, gesticula y grita: "No han visto al Vagabond?..." (su sentido del honor, de las leyes de la isla, le impiden gritar "Socorro...").
El Vagabond es harto conocido en toda esa zona, si lo hubieran visto lo hubieran reconocido. Pero con el ruido del motor lo hombres de a bordo no lo oían. No podían entender sus palabras. Pero captaron que alguien pedía ayuda. Y pararon el motor para poder oír. "No han visto al Vagabond?" pregunta el de nuevo, anhelante. "No. Por allá abajo no lo vimos". Fue la respuesta concreta, lacónica, precisa. Y ya el motor se pone en marcha nuevamente y bien pronto la canoa se pierde tras el siguiente recodo del riacho.
...Y allí quedaron ellos dos solos, entre la soledad del monte inmóvil, y la soledad del río que va...
Pero tenían un dato valiosísimo: Hacia abajo no está.
"Entonces caminaremos aguas arriba..."
Y caminaron, cada vez mas impacientes, cada vez más apurados. Ya no buscaban el sendero más transitable, sino el mas directo. Y las zarzas y las espinas los lastimaban y desgarraban sus ropas... Avanzaban aguas arriba, siempre bordeando el río que corría impasible e indiferente a su lado. Pero el Vagabond no aparecía...
Si no hubieran tenido el dato de los de la canoa, es seguro que hacía rato que hubieran tomado la otra dirección. Pero ellos dijeron que allá abajo no está, tiene que estar aquí nomas, un poco mas adelante.
Ya la oscuridad del crepúsculo comenzaba a colgar como un fino telón de las ramas de los árboles , cuando tras un último recodo del río, apareció allá a lo lejos, la blanca silueta del Vagabond con su mástil alzándose casi hasta la altura de los sauces vecinos.
Un momento después llegaban a su vera. El salto con agilidad de felino y ayudó a ella a subir a bordo.
Ya en la cubierta, la abrazó fuerte, muy fuerte, y lo único que le dijo fue "Sabes chirusa, que todavía te quiero?."
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